Fuimos a ver AMARU con expectativas altas. Todo lo que vimos de Andrea Garrote nos deja con la sensación de que, obra tras obra, va subiendo la vara. Y una vez más, estuvo a la altura y no defraudó.
La historia presenta a Amaru —una joven cuyo nombre significa serpiente sagrada—, quien llega a una familia de clase media como la nueva novia del hijo. Su irrupción altera el equilibrio familiar y termina revolucionando el estado de las cosas. A partir de esta premisa, la obra propone una comedia de situaciones con momentos muy divertidos, pero que, en simultáneo, desarrolla una historia vinculada con las creencias quechuas, plantea una interesante mirada sobre el tiempo y conduce a un final que deja pensando al espectador.
Las actuaciones de Andrea Garrote, Marcos Ferrante, Fiamma Carranza Macchi y Julián Cnochaert son fabulosas. Cada uno tiene una impronta y un estilo diferentes, pero la combinación de esas personalidades y recursos da como resultado una verdadera genialidad sobre el escenario. El elenco logra transitar con naturalidad el humor, las tensiones familiares y los momentos más profundos de la historia.
La dirección, compartida por Andrea Garrote y Carolina Stegmayer, es sumamente efectiva. Todo está muy bien llevado, con un ritmo sostenido y sin baches. La puesta en escena nos encantó: es simple, está integrada a la historia y permite una muy buena distribución de la acción y de los intérpretes. También se destaca el diseño de sonido, que aporta mucho y consigue generar momentos de gran teatralidad.
AMARU nos gustó mucho. Es una propuesta que entretiene, sorprende y, al mismo tiempo, invita a reflexionar. Se presenta con una única función semanal en el Teatro Picadero. La recomendamos. Vayan a verla.

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